El nuevo canalla
18 oct 06No estoy a la moda. Lo he descubierto. Por mucho que me empeño en ensuciar las AllStar pidiendo que me pisen, que me escupan, que me aten a las farolas resulta que mi chica se empeña en meterlas en la lavadora. Y las deja como los chorros del oro, todo hay que decirlo. Y eso que voy por la calle de zanja en zanja entre el pipi de los perros para machacarlas y agotarlas. No hay manera.
Hace meses que la moda vende un nuevo chico, un nuevo hombre, un nuevo modelo, un nuevo icono a imitar, a ser o a desear. Se puede decir de muchas maneras pero para resumir que esto no es Jara y Sedal: para ser cool hay que estar en los huesos. Javier de Miguel, modelo, el de Gucci; Andres Velencoso, también modelo, el de Chanel; Jeremy Boesman, el de Clinique u Oriol Elcacho, el de Bvlgari. Todos estos chicos miden alrededor de 185 centímetros y cuidan sus cuerpitos fibrados. Son la generación supervivientes, niños altos recién salidos de la isla de los famosos con cara de pasar más hambre que las putas en cuaresma (esto lo decía mi vecina, perdonadme).
Pero todos tienen algo en común. Los nuevos chicos posan con una sensación mezcla de desvalido, de agotamiento y de extraño aburrimiento.
Ha nacido una generación de hombres con pinta de canalla poco alimentado. Y no existe profesión más dura, más terrible, más penosa que la del canalla. Dice Rafael de Santa Ana que la primera cualidad del canalla es que nadie puede conocer que lo es. “El canalla conocido deja de serlo, porque ya no es peligroso”. Así que el espejo de la moda, a veces espejo de vicios maravillosos, es una caja de Pandora de secretos y complementos del mercado de Fuencarral, Madrid. La capital es la meca del canalla, el tabernáculo de los bellos, delgados y somnolientos canallas. Ya se lo advertía Marisa Paredes en La Flor de Mi Secreto a Imanol Arias: “Madrid nunca duerme”. Madrid es el SevenEleven de las ciudades, el Manhattan europeo, la madre borracha que no deja la bebida para no perder la estabilidad. No pasa desapercibida entonces la presencia del nuevo chico, ese canalla que ronda los veintitantos, la altura de modelo, la barba de tres días, las greñas sobre la frente, la chapita o chapitas en la solapa, las converse rotas a propósito, los jeans caídos en la cadera inexistente y las camisetas con o sin mensaje lavada mil y una veces como mil y un sueños ofrece una noche de juerga eterna. Imprescindible gafas de sol, caras y de firma. Van limpios por dentro, pero parecen sucios por fuera. Adorablemente sucios y con ojeras que relatan historias nocturnas. Todos aspiran a ser Hugo Silva o Asier Etxeandía, actores de primera que son el topten de los nuevos canallas. No son sórdidos, ni maleducados, ni ignorantes, ni llevan vacíos los bolsillos. Tienen la mente llena de imaginación y nunca tienen hambre. O eso parece.
Jaime Cullum, los de Keane, alguno de El Canto del Loco, James Blunt,… son los nuevos canallas. Más o menos forzados, más o menos auténticos. No hace falta que ofrezca nombres españoles porque no hay más que salir a la calle para verlos caminar en una nube de espuma con una herencia de Caetano Veloso a veces y otras, de los míticos Tequila. No lo parece pero están en constante entrenamiento, aprendiendo, mutando como los XMEN, estudiando gestos y creando nuevas poses y así se instalan en la barra del bar, en el asiento del metro y en el rastro. Cuidado son coquetamente peligrosos.
(Nota: Esto es un fragmento de un artículo que ya publiqué en VANIDAD, pero me lo han pedido)
Pd.: Los tres de la foto son mis amigos Nacho, Paco y Victor.